Orgía Kapital.
“Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de entretenciones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de una elección ya hecha en la producción, y su corolario consumo” (Guy Debord).
En días en que debemos denostarlo, el Estado de Chile me brindó una agradable sorpresa: un fondart ha permitido a Cristian Marambio exhumar las ideas del asesinado Pier Paolo Pasolini para, tras un largo cruce cultural desde la Italia de la guerra fría, aterrizarlas en el Santiago revuelto de la primera década del nuevo milenio, y nada más que en el Centro Cultural Gabriela Mistral, ex Diego Portales y sede del Gobierno Militar. Una estocada de ese calibre, jamás pensé podría propinársela el propio establishment.
En los tiempos que corren, un aventón de Pasolini no viene mal. Un estrellón con su dialéctica es casi necesario. Más –aunque no es mi caso- para aquellos que ya se encumbran en la medianía de su vida. Orgía, la pieza escogida para remover el día.
Pensé que entraba a un burdel. Una puta bailando ligera de ropa dominaba la oscura bienvenida. Estaba equivocado. Un flash back nos descubría la habitación matrimonial y adelantaba el crimen del que seríamos testigos. La muerte dominaba el verso revuelto y violento que nos interpelaba y a ratos representaba. Burgueses somos. Una parcela ínfima de poder que nuestro nombre lleva impreso es suficiente para reprimirnos. Un goce miserable de poder basta para olvidar nuestros deseos y enterrar las frustraciones… por el día. Llegada la noche, el dormitorio y la cama nos esperan. La oscuridad nos ampara. El pene despierta. Con él la sed de dominación y como sin violencia no hay sujeción, la sangre llama. Su sangre llama. La sangre burguesa de aquella esposa que con vestido ligero aguarda en la cama tras haber acostado a los niños. Princesa en el hogar y la sobremesa, perra y servil entre las cuatro paredes del lecho marital. Aunque marital no viene bien para quienes no pasan de individuos.
En aquella cama matrimonial comienza la orgía. Sexo masculinamente violento y femeninamente humillante, casi misógino. Sexo de realización individual. Una satisfacción viciada de apetitos y deseos reprimidos. Una expresión carnal de las contradicciones vitales a que nos somete el capital. Esa lucha entre el ser y el querer, la realidad y lo soñado; el querer y soñar hipotecado al goce ligero y modesto de una apariencia o posición social acomodada. Oposición vital, muda en lo cotidiano grita con verso complejo y fatalista, sin embargo, en la intimidad del lecho.
Pero Pasolini no acuesta en esa cama tan sólo la tediosa vitalidad de ese emprendedor que logró matrimoniar a aquella princesa burguesa. En el mismo escenario acostó una puta. Marginal –no burguesa- de lenguaje coloquial –no verso-, práctica –no filosófica- que a la agresión o inteligibilidad siempre ríe –no pregona-. Ignorante, no desea hablar ni pensar demasiado, la prole y el hambre llaman. Sin tiempo ni educación para complicarse la vida. Ella, no es parte del poder.
En un dormitorio matrimonial, Pasolini en la creación original y Marambio en la adaptación, han logrado, sin lugar a dudas, una orgía genial. Una interacción carnal de oposiciones enquistadas en el sistema e inevitables para el capital. Un sexo que por su violencia, misoginia, individualidad, resentimiento y recursividad, parece no estar a la altura de los tiempos que corren, pero que, sin embargo, está allí, devolviéndonos esa primera impresión de desdén que nos evoca. Develando la crisis oculta de nuestro goce mercantil. Esa sedición reprimida que puede hastiar hasta el suicidio.
Todo, genialmente ubicado en un escenario laberíntico. Desplazándose por un sistema de caminos predeterminados. Recorriendo veredas ya transitadas y, antes que eso, diseñadas con maestría creadora, más la paciencia y obsesión que se requiere para amurallar esos caminos con miles de vasos, uno junto al otro. Tan autoritarios como para imponer un camino, pero con la cuota justa de debilidad que hace posible e imaginable la transgresión.

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