espontáneo y natural...rescatándome

"LOS RICOS Y LOS PODEROSOS GUSTAN DEJAR TESTIMONIO Y REGISTRO DE SUS HAZAÑAS Y SU PARTICIPACIÓN EN ELLAS; LOS POBRES, COMPARATIVAMENTE, SE QUEDAN SIN VOZ EN LA HISTORIA..." Para una historia de los pobres de la ciudad, por Vicente Espinoza.

Nombre: Mauricio Alejandro

Todo lo que aquí subo son textos guardados hace tiempo en mi PC, fruto de los sentimientos y pasiones que en algun momento me embargaron y fluyeron en letras, historias, cuentos o simples escritos; todos ellos sinceros y muy útiles para el desahogo y las posterior relectura y reflexión...

domingo, julio 10, 2011

Acceso a la Universidad: la trampa de la igualdad de oportunidades.

La sociedad recién nacida dio paso al más horrible estado de guerra: el género humano, envilecido y desolado y sin poder volver sobre sus pasos ni renunciar a las adquisiciones desgraciadas que había efectuado, y no trabajando más que para vergüenza suya, por abuso de las facultades que le honran, se puso él mismo al borde de la ruina” (Jean Jacques Rousseau).

El señor Witkowski se adscribe al credo capitalista a pesar de no tener dinero, y mira desde el pasado hacia el futuro con orgullo” (Elfriede Jelinek).


El discurso público de estudiantes y gobierno en las últimas semanas pone de manifiesto que moros y cristianos identifican el ingreso a la universidad como fundamental. O desde otra perspectiva, el no ingreso a la Universidad es visto como una suerte de injusticia intolerable. Todos parecen estar de acuerdo en lo vital de la igualdad de oportunidades y ven en el acceso restringido o dificultoso a la Universidad una violación o impedimento a dicho principio.

Todos luchan por alcanzar la igualdad de oportunidades; y como la igualdad de oportunidades es un subsidio socio-estatal a quienes no pueden competir individual y conmutativamente en la sociedad, en definitiva, todos se ven a si mismos luchando por los más pobres; pero paradójicamente, con ellos como bandera de lucha, no se está sino legitimando el orden social y económico que los tiene precisamente en esa condición. O, al menos, legitimando su más importante soporte moral.

Si hay algún resorte moral que hace posible la legitimación de un Estado simplemente arbitrador -ni siquiera subsidiario- como el diseñado por el neoliberalismo en Chile, es el de la igualdad de oportunidades. De hecho, el mayor triunfo del liberalismo como lo conocemos hoy pasa por la asimilación, ya sin cuestionamientos, de aquél paradigma como el objetivo político y social más importante para una comunidad. Sin embargo, aquél aparente noble fin oculta la peor cara de nuestros días: el individualismo absoluto, que de paso a desmembrado la aglutinación ciudadana, vía más poderosa de los débiles para hacer frente al Estado y la empresa.

El discurso de la igualdad de oportunidades propugna el más absoluto solipsismo pues habiéndose alcanzado aquella, la pobreza, la cesantía, las adicciones, la delincuencia, la violencia, la ignorancia, etc. se privatizan. En otros términos, la igualdad de oportunidades, al tiempo que se concibe o presenta como el mayor beneficio del sistema y triunfo estatal, permite endosar al sujeto las externalidades negativas del modelo.

En ese sentido, la conquista discursiva de la igualdad de oportunidades en educación, y en particular el ingreso a la Universidad, lejos de conducirnos hacia la derrota de la desigualdad en la distribución de los recursos, conducirá a continuar obviando el grave problema que constituye que los pobres en Chile son más que la población activa en ejercicio laboral. O sea, hay cientos de miles de chilenos que, a pesar de tener un trabajo formal y remunerado, son pobres. Parece ser que no ser profesional, o sea no ingresar a la Universidad y preferir una formación técnica secundaria o superior, no es certeza de buen pasar y estabilidad laboral.

Así, la solución al problema que rodea a la educación superior universitaria no pasa tan sólo por el acceso, sino también, por alcanzar la certeza de que no ingresar a ellas no acarreará necesariamente la pobreza. Sin embargo, al sistema le es mucho más rentable asegurar la posibilidad de ingreso a la Universidad y desentenderse de quienes “no aprovecharon esa oportunidad”; que hacer rentable vías alternativas como la educación en liceos técnicos o la capacitación laboral; vías, para una familia, abismalmente menos costosas en tiempo y dinero que ir a la Universidad.

El sueño universitario en Chile, so pretexto de la igualdad de oportunidades, está, en los hechos, imponiendo en el plan de vida de quien quiera tener un buen pasar el ir a la Universidad y ser un profesional. Si no le alcanza para una Universidad tradicional, no importa, sólo debe levantarse temprano y acudir a otras cuyo filtro es el orden de llegada. Se obvian así dos cosas: primero, las desigualdades naturales que implican de suyo la diversidad de talentos y; segundo, la deficiencia de la educación secundaria que ha hecho del ingreso a la Universidad un filtro de clase. Dos factores que, colegidos con un acceso universal –devenido del imperativo de la igualdad de oportunidades-, sólo conducirán a una mayor deserción y su consecuente incremento en la frustración, además de un endeudamiento sin recompensa o una inversión sin retorno.

A mi modo de ver, Chile tiene que asumir que a la Universidad deben ingresar los mejor entrenados y es en las entidades que los albergan donde el Estado debe poner el dinero. Si lo anterior no es así, y el Estado financia Universidades que deben su existencia más a las billeteras de algunos que a la excelencia, entonces, sólo cabe afirmar la existencia de un vicio, como la imperante necesidad de financiar el gran negocio concebido en los ochenta en torno a la educación superior. Copar una oferta educacional de tipo profesional que a todas luces supera la demanda por profesionales existente hoy en Chile. Al tiempo que se descuida o condena a la inestabilidad económica a un sin número de jóvenes que optan por caminos alternativos.

Ante el creciente fenómeno de cesantía ilustrada en Chile, cuesta creerle a Harald Beyer que las inmorales diferencias entre la remuneración de un universitario y un no universitario se deban a una alta demanda por profesionales, contingencia que tendera a ajustarse en el tiempo; al contrario, la inequidad en cuestión es connatural al sistema y el sueño universitario con que se embauca a miles de chilenos cada año, que luego de arriesgar gran parte de su patrimonio en dudosas instituciones de educación superior egresan de ellas habiendo variado muy poco sus posibilidades de mejores oportunidades, sea por la mala formación que recibieron o bien porque simplemente ese no era su camino y llegaron allí víctimas de una suerte de “sueño americano” que Chile ha gestado entorno a la educación universitaria en desmedro de Institutos Técnicos, Liceos Técnicos, Centros de Formación Técnica o la promoción de la capacitación laboral.

Ciertamente la inequidad de ingresos que exponen quienes han ido a la Universidad y quienes no, es una cuestión central si lo que se pretende es racionalizar el sistema universitario; y no se debe a que falten profesionales y por tanto haya una mayor demanda que oferta, sino que obedece a una irracionalidad en la valoración de la contribución de ciertos actores en las diferentes etapas de la cadena productiva, o sea, a una desproporción en la distribución de la riqueza, cuestión que dejará de ser un imperativo colectivo en la misma proporción que sea una certeza social la posibilidad de todos de entrar a la Universidad.

Mauricio A. Delgado Muñoz.


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