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"LOS RICOS Y LOS PODEROSOS GUSTAN DEJAR TESTIMONIO Y REGISTRO DE SUS HAZAÑAS Y SU PARTICIPACIÓN EN ELLAS; LOS POBRES, COMPARATIVAMENTE, SE QUEDAN SIN VOZ EN LA HISTORIA..." Para una historia de los pobres de la ciudad, por Vicente Espinoza.

Nombre: Mauricio Alejandro

Descubriéndome y emprendiendo la autoconstrucción.

viernes, diciembre 11, 2009

A propósito de Copenhague: del desarrollo económico, el bienestar y la felicidad.

Al referirse a la posibilidad de convergencia entre el propósito del ser humano de buscar su bienestar material y espiritual; es inevitable preguntarnos por el progreso. En ese sentido, el quién, qué, cómo y donde producimos parecen cuestiones vitales a la hora de medir el nivel de realización o éxito de una sociedad, y con ello de sus integrantes. Es claro que una costurera inglesa de mediados del siglo XVIII, con jornadas de 14 horas, en condiciones de hacinamiento, conciente de la escabrosa desigualdad de su condición respecto del dueño del taller y hambrienta, posee una sensación de bienestar y realización personal muy disímil a la que tiene hoy un operador de la textil británica Marks and Spencer; lo anterior es de perogrullo y por ello evidencia lo fundamental que son las preguntas antes esbozadas y que abordaremos en éste apartado.

Para lograr la tan ansiada convergencia entre bienestar espiritual y material es esencial derribar el mito del crecimiento económico cómo principal fórmula para alcanzar el desarrollo. Hoy el PIB es el gran indicador de progreso o desarrollo de las naciones, celebramos cada año su crecimiento y con cada dólar que crece nos vemos más cerca del desarrollo, mas, lo anterior no es sino embaucarnos bajo el espejismo de que “más es mejor”. A decir de Ronald Colman, “nuestra estadística de crecimiento no hace distinción entre la actividad económica que contribuye a nuestro bienestar y aquella que le causa daño. El crecimiento es simplemente un incremento cuantitativo en la escala física de la economía y no nos dice nada acerca del verdadero bienestar y progreso”[1]; por ejemplo, construir cárceles aumenta la inversión y crea fuentes de trabajo que dan poder adquisitivo a ciudadanos que luego consumirán, por tanto contribuye a incrementar nuestro PIB, no obstante, aquello no es sinónimo de desarrollo o bienestar puesto que el incremento de cárceles va seguido del incremento de los fenómenos delictivos, que acarrea inseguridad ciudadana, etc. cuestiones que claramente atentan contra el bienestar social; cuestión que, siendo tan clara, no se ve reflejada en los indicadores actuales de desarrollo.

El mundo en las últimas décadas ha crecido de modo sostenido y el incremento del capital es claro, pero ¿estamos mejor gracias al crecimiento de la economía?, ¿es cierto que mientras más producimos mejor estamos?; Luis Razeto pone en evidencia que los problemas del desarrollo demuestran su crisis; menciona así el incremento en la pobreza, el aumento de la desocupación, la precariedad y el subempleo, las desigualdades económicas y desintegración del orden social, el aumento de la delincuencia y la inseguridad ciudadana, el deterioro del medio ambiente y desequilibrio ecológico, y en definitiva un deterioro progresivo de la calidad de vida, del bienestar[2]. Por otro lado, estamos socavando nuestros recursos naturales al no asignarle ningún valor a nuestro capital natural, sino por el contrario, contabilizar su consumo como un beneficio, o en otras palabras, “La ilusión de poderes ilimitados, alimentada por los asombrosos avances científicos y técnicos, ha producido como consecuencia la ilusión de haber resuelto el problema de la producción. Esta ilusión está basada en la incapacidad para distinguir lo que es renta y lo que es capital”[3]. Por otro lado asoma la denominada “hipótesis del umbral”; que demuestra que las curvas de crecimiento económico y bienestar son directamente proporcionales sólo hasta un determinado punto, a partir del cual se vuelven inversas. Así, desde el punto umbral el bienestar decae cuando el crecimiento continúa, debiéndose aquello a que el crecimiento sucesivo no consiste sino en invertir para solucionar problemas acarreados por el acelerado crecimiento económico[4]; lo anterior se ve reflejado en las autopistas urbanas, no son desarrollo sino gasto para tratar de solucionar el insostenible e irracional crecimiento de las zonas urbanas, con todo el stress y tempo que significan los desplazamientos en ciudades mal planificadas. Asunto similar ocurrió por ejemplo con el denominado “milagro irlandés”, que con la alta tasa de suicidios, stress, etc, que lo sucedieron, a juicio de Manfred Max-neef, se pasó a cáncer.

Como se aprecia, parece claro que en el actual orden de cosas, alcanzar la felicidad y lograr un real sentimiento de éxito y realización, en fin, bienestar, en la sociedad se torna cada vez más difícil; parece claro que el éxito material que ha tenido el mundo no ha asegurado el bienestar espiritual del mismo, al contrario. Asi las cosas urge entender el problema de la producción en su totalidad y comenzar por ver la forma de desarrollar un nuevo estilo de vida, con nuevos métodos de producción y nuevas pautas de consumo, en conclusión, un estilo de vida diseñado para la permanencia, y no el exterminio.

Teniendo claro lo que buscamos, un paso fundamental es definir cómo identificaremos o evaluaremos nuestro caminar hacia aquella meta, puntualmente, cómo mediremos el progreso, el bienestar. Para comenzar una buena providencia es cambiar el modo cómo medimos el progreso, hoy existe un indicador denominado Indicador de Progreso Genuino (IPG) que integra variables sociales, económicas y ambientales; y distingue actividades económicas que producen beneficios de aquellas que causan daño; valora explícitamente nuestros recursos naturales considerándolos como inventarios de capital finito, sujetos a depreciación como capital productivo. Así el progreso genuino se mide por la habilidad de vivir del ingreso o servicios generados por nuestros recursos, sin consumir el inventario de capital que es la base de la riqueza tanto nuestra como de nuestros hijos. En tal sentido, el índice aumenta si la sociedad se está haciendo más igualitaria, si tenemos más tiempo libre y si nuestra calidad de vida mejora. En breve, intenta medir aquello que hace que la vida valga la pena.

Para que lo anterior sea posible es necesario, por cierto, cambiar el paradigma de la producción, no se trata de echar por tierra la economía a escala, tampoco de negar los beneficios del industrialismo y la tecnología, sino de pensarlos de un modo diferente. Lo primero es disociar los conceptos de desarrollo y acumulación de capital. Del mismo modo la categoría organizadora de la economía hay que trasladarla desde el capital al desarrollo de la capacidad humana; no por nada, históricamente, el gran impulso para el desarrollo no ha sido el capital, sino el hombre con su multiplicidad y creatividad.

Millones de seres humanos han sido dejados de lado por el chorreo económico, no hay garantía de que la marea del crecimiento económico levante a todos los botes y la evidencia indica que ocurre frecuentemente lo contrario. Por ello el IPG explícitamente valora los incrementos en la equidad y la seguridad laboral, en definitiva una vez que los límites del crecimiento son admitidos, el tema pasa a ser la distribución justa más que el incremento de la producción. Para que ello sea posible, en vez de acumulación de capital se requiere la diseminación social el capital. Lo anterior no debería asustar a nadie, ni hacer recordar tampoco los años del mundo soviético ni apogeos del socialismo, por el contrario, se trata de generar más trabajo, en mejores condiciones y más remunerado, redistribuyendo la carga laboral existente; entre muchas otras medidas. Una medida como la anterior mejora la calidad de vida al producir más tiempo libre, y por sobre todo, la creación de trabajos no se transforma en dependiente de un mayor crecimiento.

Concluyendo, no se trata de echar por tierra el actual estado de cosas; por el contrario, para poder efectuar éstas modificaciones, lograr rediseñar nuestros modos de producción y cambiar los patrones de consumo, recuperar el daño que hemos proferido al mundo se necesitará de más y mejores tecnologías, asi como también de un mayor desarrollo que nos permita solventar todo aquello, pero, lo fundamental es que ahora, será con otro enfoque. No debemos olvidar que probablemente, si todo el mundo tuviera un desarrollo como el que actualmente posee Estados Unidos, con sus modos de producción, actual depredación y patrones de consumo, estaríamos en el peor de los mundos posibles; a pesar de haber logrado un crecimiento económico brillante y un incremento comercial acromegálico, alcanzar un bienestar espiritual sería muy complejo, sino imposible.

[1] COLMAN, Ronald. ¿Cómo estamos midiendo el progreso?. Traducción por Luis Eduardo Bastías A.
[2] RAZETO Luis. Desarrollo económico y economía de solidaridad. Revista POLIS Nº 1, Universidad Bolivariana, Santiago 2001.
[3] SCHUMACHER, Ernst F. Lo Pequeño es Hermoso. 14p.
[4] Cfr. MAX-NEEF, Manfreed; ELIZALDE, Antonio y HOPENHAYN, Martín. Desarrollo a Escala Humana: una opción para el futuro; en Development Dialogue, número especial (1986).

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